2026

Altares para la dualidad

Proyecto de investigación y producción pictórica que parte del sincretismo espiritual católico-indígena de la Mixteca poblana para reinterpretar el altar como un espacio íntimo de conversación con lo sagrado. A través de cinco lienzos realizados con materiales no convencionales, el proyecto explora las relaciones entre la memoria, el territorio, la materia y las distintas formas de comprender y experimentar lo divino.

La investigación nace de las prácticas espirituales y la tradición oral de mi familia materna en San Vicente Coyotepec, Puebla, donde las imágenes de vírgenes y santos conviven con limpias, rezos, plantas medicinales y creencias en fuerzas sobrenaturales. Estas manifestaciones revelan una espiritualidad que, pese a los procesos históricos de imposición religiosa, ha encontrado formas de permanecer y transformarse, reconociendo lo sagrado no solamente en las imágenes católicas, sino también en los elementos de la naturaleza y las fuerzas invisibles que atraviesan la existencia.


La experimentación con grana cochinilla, cempasúchil, cianotipia, pigmentos minerales, óxidos, cera de abeja, copal y elementos encontrados en el territorio permite expandir la pintura hacia procesos donde la materia participa activamente en la gestación de las piezas. Los lienzos son intervenidos, sepultados, exhumados y transformados por la acción de la tierra, el tiempo y sus propias reacciones materiales.
Durante su desarrollo, los altares abandonaron la estructura fija del bastidor para convertirse en cuerpos móviles, inspirados en los bultos sagrados mesoamericanos. Concebidos como entidades vivas, pueden cargarse, enrollarse, trasladarse y desplegarse en distintos paisajes, estableciendo una relación directa entre el cuerpo, el territorio y lo sagrado.

1. El altar nómada: un hogar portátil

Inspirados en los bultos sagrados de tradición mesoamericana, los altares abandonan la estructura fija del bastidor para transformarse en lienzos móviles que pueden cargarse, enrollarse en petates y desplegarse en distintos territorios. Esta transformación surge de pensar el altar no solamente como un objeto de contemplación, sino como un espacio vivo de comunicación con lo sagrado.

El altar portátil plantea la posibilidad de establecer un vínculo con lo divino en cualquier momento y lugar, sin depender necesariamente de una estructura arquitectónica o institucional, como una iglesia o un templo. Lo sagrado deja de estar contenido en un espacio determinado y se desplaza junto con quien lo porta.

Esta condición nómada permite pensar el altar como una forma de hogar portátil: un espacio íntimo de presencia, protección y escucha que puede construirse y desplegarse en distintos territorios. No se trata únicamente de llevar consigo un objeto, sino de transportar un lugar simbólico de pertenencia, una conexión con la tierra, la memoria y aquello que nos sostiene.

Así, el altar transita entre el arraigo y el desplazamiento, entre la necesidad de encontrar un lugar y la posibilidad de llevarlo consigo.

2. Sepultar y exhumar: la tierra como cocreadora

Como parte de la experimentación pictórica, algunos lienzos fueron intervenidos con cianotipia, óxidos y metales para posteriormente ser sepultados durante varios días. La humedad, la acidez, los minerales y las condiciones propias de la tierra modificaron sus superficies, generando transformaciones que escapaban parcialmente a mi control.

Este proceso plantea una relación con la tierra no solamente como territorio de origen, sino como una entidad activa que participa en la gestación de la obra. Sepultar los lienzos implica ceder parte del proceso creativo a la materia y a sus propias formas de transformación, reconociendo a la tierra como cocreadora.

El acto de enterrar y exhumar también establece una relación simbólica con los ciclos de vida, muerte y transformación. Sin embargo, no se trata de sepultar un objeto inanimado, sino de comprender el lienzo como una entidad viva, una extensión de mi propia existencia que continúa transformándose y estableciendo relaciones con su entorno.

Desde esta perspectiva, la obra no es únicamente el resultado de una acción artística, sino un cuerpo en constante gestación. El altar participa de una relación recíproca entre materia, territorio y existencia, convirtiéndose en un espacio de comunicación con lo sagrado donde crear también implica acompañar, escuchar y permitir que otras fuerzas intervengan.

3. Reliquias y vestigios: los objetos como portadores de memoria

La incorporación de tepalcates, fósiles, caracoles, espinas de maguey y otros objetos encontrados en el territorio surge de una investigación sobre las reliquias católicas y los bultos sagrados mesoamericanos, en los que distintos elementos materiales eran envueltos y resguardados por su significado ritual.

Dentro de los altares, estos objetos adquieren una dimensión simbólica que establece relaciones entre las deidades indígenas, las imágenes católicas y las fuerzas de la naturaleza.

En el altar dedicado a Chalchiuhtlicue y la Virgen de la Candelaria, un fósil marino ocupa el lugar central. Ambas figuras están vinculadas simbólicamente con el agua, mientras que el fósil remite a la memoria geológica de un territorio que alguna vez estuvo cubierto por el mar. Su presencia establece un diálogo entre el agua y el desierto, entre un paisaje desaparecido y las huellas materiales que permanecen en la tierra.

De manera similar, las espinas de maguey se incorporan como elementos vinculados a Tezcatlipoca y San Miguel Arcángel, estableciendo nuevas correspondencias entre las tradiciones espirituales.

Los objetos dejan de ser simples elementos encontrados para convertirse en vestigios, reliquias y portadores de memoria. Al integrarse a los lienzos, participan en la construcción de altares que resguardan fragmentos materiales del territorio y de sus múltiples formas de comprender lo sagrado.

4. La materia viva: pigmentos, ritualidad y transformación

La experimentación material constituye una parte fundamental de Altares para la Dualidad. El uso de grana cochinilla, cempasúchil, pigmentos de plantas medicinales, cianotipia, óxidos minerales, cera de abeja y copal responde al interés por explorar materiales vinculados con el territorio, la memoria y las prácticas rituales de la Mixteca poblana.

Más allá de sus cualidades cromáticas y formales, estos elementos poseen significados culturales y simbólicos que permiten establecer una relación entre la materia pictórica y las distintas manifestaciones de lo sagrado.

Sus transformaciones químicas y físicas, sus reacciones entre sí y su interacción con el entorno forman parte del proceso creativo. La pintura deja de entenderse como una superficie estable y definitiva para convertirse en un espacio donde la materia continúa actuando y transformándose.

En este sentido, la creación se plantea como un proceso compartido entre mi intervención y las posibilidades propias de los materiales. El lienzo no es únicamente un soporte sobre el cual se construye una imagen, sino un cuerpo que registra el tiempo, las alteraciones y las relaciones que establece con su entorno.

La materia se convierte así en una presencia activa dentro del altar, capaz de contener memoria, transformación y una dimensión ritual.

Peregrinación: la búsqueda de un hogar

La peregrinación surge como una extensión del propio altar, de la necesidad de llevarlo fuera del espacio expositivo y devolverlo al territorio. Inspirada en los desplazamientos rituales y en los bultos sagrados mesoamericanos, esta acción consiste en recorrer distintos paisajes de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán portando un altar que se carga, se transporta y se despliega como un espacio móvil de encuentro con lo sagrado.

Camino por el desierto llevando conmigo el altar. No existe un destino preciso ni un lugar definitivo al cual llegar. El recorrido se convierte en una búsqueda constante de presencia, arraigo y pertenencia. El altar me acompaña como una extensión de mi propio cuerpo, una entidad viva que resguarda y, al mismo tiempo, participa de esta búsqueda. No se trata únicamente de encontrar un lugar donde desplegarlo, sino de preguntarme qué significa habitar, pertenecer y reconocer un espacio como hogar.

Caminar por estos paisajes implica también reconocer las huellas de quienes los transitaron antes que yo. Mis antepasados recorrieron estos mismos territorios; sus desplazamientos, experiencias y formas de relacionarse con la tierra preceden a mis propios pasos. La peregrinación se convierte entonces en un acto de memoria y retorno, donde caminar hacia lo desconocido significa también regresar a aquello que nos antecede.

Más allá de las doctrinas religiosas, la peregrinación plantea una reflexión sobre la propia existencia humana: la necesidad constante de buscar sentido, de transformarnos y de aproximarnos a una forma de autenticidad que nunca termina de alcanzarse por completo. La búsqueda no responde a una verdad absoluta ni a un destino final, sino a un proceso continuo de reconocimiento y transformación.

En esta acción, el altar deja de ser un objeto que espera ser contemplado para convertirse en una presencia que camina conmigo. El territorio no es solamente el escenario del recorrido, sino un espacio de encuentro donde el cuerpo, la memoria y lo sagrado se relacionan.

La peregrinación no concluye con la llegada a un lugar. Su sentido permanece en el acto mismo de caminar, de buscar y de regresar. El hogar deja de ser un destino para convertirse en una relación viva con la tierra, con quienes nos precedieron y con aquello que seguimos buscando.

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